HOY ENTERRE A MI NIÑO


Por Alejandra Ferrero, Argentina

Después de 13 años, descubrí que nunca me devolvieron el cuerpo de mi hijo y que yo necesitaba tenerlo para despedirme.

Mateo no tenía pulmones, nació y murió en el mismo instante en el que la vida, le exigía respirar.

Yo había aceptado y pedido que aceleraran el nacimiento, me dilataron el cuello del útero mecánicamente y con oxaprost por vagina y boca. No quise Legrado, tampoco medicación de quimio; quería que naciera por parto, sólo le pedía que se adelantara. Una locura que podía llevarse mi vida. Luego la espera.

Casi 30 días de proceso, Mateo vivo en mí y yo haciendo para que se terminara.

No sin sufrimiento, no sin manoseo, no sin vergüenza, no sin culpa, no sin desamparo humano.

Al final de la semana 20, nació, lo parí y lo recibí.

Lo parí llorándolo y queriéndolo y también deseando acabar el tormento.

Fuimos unidos por el cordón hasta el hospital. Sufrí, minuto a minuto lo que hoy conozco como violencia obstétrica.

Me recibieron y me acostaron en una camilla de la guardia, cortaron el cordón mientras me sentaba y abrieron un cajón de lata que tenía la camilla y tiraron allí su cuerpo, sin vida, pero aún tibio porque lo traía conmigo, en mis manos.

Luego y aunque las contracciones continuaban, me apretaron por las dudas hasta que alumbré la placenta.

Uno de los médicos se me acercó me mostró la placenta y me dijo salió enterita, ves? No te preocupes, no te vamos a denunciar, es un caso incompatible con la vida. Y la placenta fue a parar a un tacho.

Los médicos se fueron. La enfermera que quedó, me mostraba la toalla blanca bordada, que había sido su mortaja y me decía: - la quiere? Mire que si la lava sale? Yo apenas la veía entre las lágrimas y le dije que no, que se la quedara.

Me llevaron a la sala de maternidad. Muchísimas mujeres en la misma sala. Todas con sus niños y sus tetas rebosantes. Llantos, risas, conversaciones.

Yo sangraba, las lágrimas no cesaban de rodar, en silencio, ni un grito, era como no tener garganta. No me dolía nada, sólo el alma. Allí supe lo grande que es el alma, porque duele mucho.

La enfermera de sala se acercó y atinó a decirme que me calmara, que ya habría otros hijos.

Estaba sola, con el camisón manchado hasta la nuca. No tenía apósitos, ni ropa porque se la llevaron en el bolso, en la guardia no se dejaba ninguna pertenencia.

Creo que fue por la noche, cuando llegó Laura, su mirada es mi mejor recuerdo. Ella me consiguió un pañal.

Dejé de llorar, pero respiraba.

Pensaba en él, dónde lo habrán llevado. Me dijeron que para estudios genéticos. En mi interior, siempre supe que iría a parar a un frasco en la morgue de estudiantes.

Al día siguiente la revisión del catedrático con séquito de estudiantes. Llegó al pie de mi cama, entonces la practicante lee: -Aborto de Síndrome de DOWN, el Sr. Catedrático anuncia: - A Legrado!

Me incorporé, lo miré a los ojos y le dije sólidamente:

-No era Síndrome de Down, si lo hubiera sido, estaría vivo! Era una aneuploidía del cromosoma 13, Síndrome de Patau, no tenía pulmones! No voy a Legrado, porque parí la placenta, el médico me la mostró!

Indignado me contestó: - "todas van a Legrado"

Le dije: -pero yo, NO!

Entonces parece que mi modo y algunas influencias le permitieron mandarme a ecografía para corroborar su sentencia!

No fui a Legrado, por la tarde me liberaron. Así me sentí, para salir, te cortaban la pulsera (como a animales de criadero) y un policía chequeaba tu identidad.

Un caso en 6000 me decían los especialistas, pero el mío, Mateo, es el 100% de mi corazón. Los ecografistas famosos, se complacieron con él, sacándole tantas fotos, que el papel se enrollaba en suelo, yo no me daba cuenta, de que no era por sanarlo, sólo fue por pura vanidad, regodeo científico y seudo-humano. Un caso para congreso médico. Estando en mi panza, nadando inocente, los médicos decían cosas horrorosas, impiadosas. No acepto nunca más la Violencia Médica, ni ninguna otra.

Todo eso pasó y no.




El domingo 1/05/16 amasé su cuerpo en arcilla, lo hice tal como lo recuerdo, lo hice unido a la placenta. Amasé la arcilla roja con escamas de mi sagrada sangre seca. Le hice una cunita, también de arcilla. Con el lienzo circular con el que recibí el masaje ovárico en la Formación de Terapia Menstrual, le hice una nueva mortaja, donde escribí su nombre, su fecha de nacimiento y muerte y un mensaje. Hice un pozo en nuestro lugar de honra a la Pacha, lo deposité con amor. Lo tapé. Le entregué una rosa blanca del jardín, que lo esperó hasta ese día. Y luego prendí un fuego, honrando su Ser y su destino.

Permanecí contemplándolo, hasta que mi pecho se sintió más amplio, tal vez, en paz.

Ahora sí.

GRACIAS por esta posibilidad de compartir.

Alejandra R. Ferrero

Reikista-Terapeuta Menstrual

Unquillo-Córdoba-Argentina

imagen: Elena Papiel

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