Esas profundidades del alma femenina…

Por Gabriela Angueira

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“El descenso está caracterizado como un viaje al mundo subterráneo, la noche oscura del alma, el vientre de la ballena, el encuentro con la diosa oscura, o simplemente como depresión”


Imagen: Lola White



Así comienza el capítulo 6 del libro de Maureen Murdock, “Ser Mujer. Un Viaje Heroico”. La autora señala que este descenso, generalmente se origina a raíz de una pérdida, un cambio repentino y brutal en el destino de la mujer y el rol que despliega en su vida; crisis vitales como las que acontecen a causa de una separación, una mudanza, un accidente o el despido de un ambiente laboral. Laura Gutman hace gran hincapié en este descenso hacia las profundidades del alma femenina durante el puerperio y el impacto que el desencadenamiento de este descenso tiene en el devenir de la vida de la mujer, de sus hijos y su familia.

Yo siento que, en mayor o menor medida, todas las mujeres descendemos hacia este lugar oscuro, tibio y explorable, cada vez que nuestro cuerpo sangra. Menstruar es “descender hacia la cueva”, decimos muchas mujeres, y lo que más nos apetece es estar en penumbra o a oscuras, en silencio, mirando hacia adentro, sintiendo, llorando, gozando, disfrutando de la piel con piel de nuestro yo externo con nuestro ser interno.

Todo esto se dará con entrega, disfrute y placer si previamente hemos integrado en nuestra vida la consciencia de nuestra ciclicidad; no desde la experiencia teórica de los libros, sino desde la experiencia práctica de la vida. El descenso mensual y menstrual hacia el mundo subterráneo de nuestra alma de mujer se dará cada mes, si nos han enseñado o si nos hemos re-educado en el arte de fluir con los ríos de la vida, de sentir nuestra sangre como la más bendecida de las medicinas, si nuestras células resuenan con el dejarnos ir en el tiempo sin tiempo, si nos permitimos observar y poner luz en la oscuridad de nuestra sombra y si saboreamos el “aislamiento voluntario” y lo vivimos como la única manera posible de deshacernos de lo que nos pesa en la mochila de la sombra y aprendemos a amar la desnudez de nuestras almas a la vez que la de nuestros cuerpos.




Imagen:Michael- Vicent-Manalo

“Las mujeres encuentran el camino de vuelta hacia sí mismas, no, como los hombres, ascendiendo hacia la luz para salir por arriba, sino avanzando hacia las profundidades de la tierra de su ser….La experiencia espiritual de la mujer es la de adentrarse más en el ser, en vez de salir de él”, prosigue Maureen Murdock en esta obra imprescindible. “La mujer desciende a sus profundidades para reclamar las partes de sí misma que fueron desgajadas cuando rechazó a su madre e hizo añicos el espejo de lo femenino”.

Cuando no permitimos que los ríos de la vida nos guíen, el descenso sin embargo, puede generar diferentes sentimientos: rabia, dolor, tristeza…cuando no entendemos aquello que nos sucede, ese tirón hacia las tierras yermas, frías e inhóspitas de nuestro ser nos sacude y nos pone en alerta. Muchas mujeres vivimos así largos años de nuestra vida, cuando no durante toda ella.

Este movimiento que llamamos del despertar femenino, elevar la energía femenina, empoderamiento y tantos otros, comienza por aquí: aceptar, comprender (en la carne, en los huesos y en la sangre) y fluir con el devenir de nuestros ciclos, dejarnos llevar hacia la oscuridad, confiando, amando, suavizándonos…He aquí el primer paso hacia la elevación de la consciencia femenina. Dejarnos seducir por la oscuridad de nuestra alma en cada una de las etapas de nuestras vidas. Abrazarnos, mimarnos, cuidarnos…darnos el silencio, el descanso y la soledad necesarias para que cada fragmento roto de nuestro ser se recomponga habitando nuestra cueva. Darnos el permiso para aquietar el cuerpo, la mente y el alma y volvernos piel en la piel y espíritu en el espíritu. Escuchar el latido de nuestro corazón y dejar que su música nos adormezca…y ser, y estar…nada más, ni nada menos.

Texto: Gabriela Angueira

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