Cuando me volví bruja…


Por Gabriela Barreto para Lunario de la Terapia Menstrual


Fue cuando comencé a sentir una llamada, una orden, un deseo interno, que me impulsaba a descubrir qué se escondía más allá de la cotidianeidad.

Los síntomas eran una profunda inconformidad creciente, apremiante, dolorosa, que me llevaba a intuir que aún las mejores condiciones materiales–externas de por sí no pueden darnos la felicidad (por lo menos no por mucho tiempo).

Y decidí en ese momento de mi vida viajar, cambiar de piel, dejar todo por un tiempo, moverme de lugar. Para tratar de encontrar –si era que en realidad existía- la verdadera “magia” de la vida.



Mi otra intención importante fue la de conocer otras culturas, para poder confirmar por mí misma que muchas de las cosas que consideramos normales y naturalesen nuestra vida, son en realidad producto de nuestros condicionamientos culturales.

Y fue en realidad más que un viaje externo, el comienzo de mi viaje interno más mágico y revolucionario.

Cuando me atreví a dejar atrás la seguridad y a mirar profundamente aquello que se ocultaba en mi inconsciente, mis miedos, lo que no quería ver, lo que rechazaba de mi misma… al mismo tiempo comenzó la manifestación de lo que es vivir en el presente sin mañana, confiar en mi intuición y en mis guías internos sin saber qué iba a pasar, y de descubrirme siendo una persona totalmente diferente y con posibilidades diferentes: ahí comenzó la manifestación de la magia.

Y ahí nació también, producto o consecuencia de todos estos cambios, una gran conexión con la Madre Tierra, con la Pacha, con la naturaleza, que comenzó a enseñarme cómo podía alinearme con sus ciclos, y con los de la Abuela Luna, haciéndolas mis guías y ayudándome por ende a ir de a poco recuperando mi conexión con mi propia Diosa interna, dentro de mi corazón.

Comencé a recordar, a re-valorar, prácticas y sabidurías ancestrales que resonaban en mi interior, y que me llevaron a reconectarme con mi propio poder interno y mi fuerza femenina, reencontrándome con una propia forma de “ser” y de “estar”, perdidas en mi memoria ancestral y que necesitaba recuperar: mi propio lugar natural en el universo.

Cuando me volví (bruja), de regreso a mi mundo cotidiano, empecé a dejar de vivir la mente como lo más valorable de mi ser. Comencé a darle mucho más valor al desarrollo de la intuición, la creatividad en todas sus formas, al amor por mi cuerpo y a la espiritualidad, guiada por una gran necesidad de sentirme conectada y de permanecer en esa conciencia de que somos todos parte de algo más grande, inmaterial, intangible, profundo, de lo que nos permite percibir nuestra mente limitada y nuestra seguridad cotidiana.

Terminé con eso de “querer ser normal” y de intentar estar adaptada a una sociedad con la cual no compartía -ni comparto- muchos de sus valores.

Una de las primeras cosas fue dejar de participar o ser cómplice del mundo de la “competencia por ser el mejor”- con el cual nunca me sentí cómoda- y dejé de ver a mis hermanas mujeres como “competidoras” (por los hombres, por ser más inteligentes, por ser más seductoras, etc.); para pasar a verlas como hermanas, cada una con sus propios sufrimientos, con sus propias inseguridades y temores, comprendiendo que cada una tiene historias, capacidades y expectativas diferentes, pero que todas necesitamos ser sostenidas y ser recibidas en nuestro pecho (el pecho de la Madre) desde el amor. Comprendí que cuando las mujeres conectamos desde el corazón, todas las barreras caen, y nada es comparable a la fuerza de esa unión: los procesos internos y externos se aceleran, nuestra comprensión, habilidades y capacidad de amar se concentran, favoreciendo también con nuestro cambio de actitud, al cambio de conciencia en nuestros hombres, para que juntos podamos co-crear una nueva realidad interna y externa.

Aprendí que no existe revolución externa si no hay revolución interna.

Cuando me volví bruja, empecé a conocer el verdadero poder de las palabras y su magia. Aprendí que estas crean nuestra realidad y pasé a desprenderme de frases agresivas hacia el femenino como “hija de puta”, o auto flagelantes como “no puedo” o “que tarada que soy”, pasando a usar expresiones más amorosas y conscientes conmigo misma y con los demás en mi vida cotidiana.

Cuando me volví bruja, decidí desobedecer el mandato de que ser mujer es “ser madre y formar una familia”. Dejé de correr la carrera contra el tiempo de encontrar “el hombre de mi vida” y me decidí a laborar sobre mi misma para ser “la mujer de mi vida”.

Tomé como principio no tolerar situaciones en las que no me encuentro cómoda, o me siento fuera de mi, y a no conformarme con “lo que hay “ tampoco. Esto me llevó a tomar conciencia que aquello que buscamos afuera primero tenemos que encontrarlo y desarrollarlo en nuestro interior, para que luego pueda manifestarse en el exterior con todo su esplendor.

Un hombre consciente y amoroso que me valore está a la vuelta de la esquina, pero no lo ando buscando alocadamente.

Cuando me volví bruja, dejé de intentar parecerme a los hombres (consciente o inconscientemente), para gozar de sus privilegios y comprendí que ser orgullosamente femenina, no va en desmedro de nuestro poder personal, sino que lo fortalece; también perdí el miedo a sentirme juzgada, separada y/o acosada por la forma de verme. El cuidado y el amor por una misma y por verse bien y sentirnos femeninas no tiene que ir en desmedro de cómo nos ven o nos valoran los demás en ningún caso.

Al comenzar a amar mi cuerpo, también comencé a escucharlo y a recibir sus mensajes, comenzando con una exploración, conocimiento y entendimiento de mí misma, que me ayudó a no tener que colocar mis procesos internos en manos externas o en químicos, para anular los síntomas. Comencé a interpretar los mensajes de la mejor forma posible.. ¿Necesitás desintoxicación? ¿Necesitás descanso? ¿Más vitaminas? ¿Más líquido? ¿Relajación?. Todas esas conversaciones y más las tengo con mi cuerpo.

También aprendí a confiar en la medicina que la Madre Naturaleza nos ofrece, en ella se encuentran todos los elementos que necesitamos para nuestra sanación - y que muchas veces los ingerimos luego sintetizados por los laboratorios-.

Comenzar a respetar y honrar mi ser femenino fue todo un descubrimiento, mi útero, mi menstruación, y comenzar a interiorizarme sobre sus características, los movimientos energéticos y los procesos biológicos que se suceden durante el ciclo, me ayudó a comprender mucho mejor procesos internos y a poder comenzar a dominar y utilizar estos movimientos en mi propio beneficio.

Me alejó de mi necesidad de control, comprendiendo que los procesos de vida – muerte - vida son necesarios para nuestro crecimiento - florecimiento. Me ayudó a dejar de buscar la perfección al enseñarme que como en la naturaleza, en nuestro ser solo existe la belleza, y que esta es de por sí imperfecta.

Hubo otros cambios importantes, aprendí a dirigir mis energías, a sembrar mis sueños con las lunas y a honrar a los elementos, sintiéndome parte integrante y significativa de esta danza entre la naturaleza y el universo, pero eso da para profundizar en otro capítulo aparte.

Cuando me volví bruja lo que realmente aprendí es que aquella magia que es verdadera no es la que intenta controlar o manipular lo externo; sino que la verdadera alquimia es la que sucede desde dentro hacia afuera. Empezando con mirar, reconocer y transformar desde adentro aquello que impide concretar nuestros sueños más queridos; y conectando luego hacia afuera con sentirnos y reconocernos parte de esta energía y este organismo vivo e inter-relacionado del que formamos todos parte desde nuestra propia esencia divina.

¡Que así sea y así es!!

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